Sin mucha parafernalia, quiero dejar en esta entrada el testimonio de vida de una abuela residente en el Hogar San José de La Montaña. La investigación la realizó mi madre en el marco de un curso que está realizando sobre la atención al adulto mayor. Considero, aunque no tenga mucha relación con la temática de este blog, que vale la pena leerlo. Nos pasamos la vida quejándonos, y realmente no nos percatamos de los afortunados que somos. He aquí la historia.
INTRODUCCIÓN
La historia de vida que hoy contamos se refiere a una adulta mayor residente en la casa hogar San José de La Montaña, ubicada en la ciudad de Maracaibo, estado Zulia. Este hogar es una institución privada de beneficencia al adulto mayor en condiciones de abandono. Fue fundado por Monseñor Olegario Villalobos en 1921 (noventa años) y desde entonces ha sido dirigido y administrado por la congregación de religiosas “Hermanitas de los pobres de Maiquetía”, quienes hacen una noble misión de amor, servicio y asistencia al anciano necesitado. Actualmente atienden alrededor de sesenta abuelos, entre damas y caballeros, dándoles atención a sus necesidades de residencia, comida, lavandería, insumos personales, médicos, de enfermería, recreación, afecto y atención espiritual.
DATOS PERSONALES DE IDENTIFICACIÓN
§ Nombre: Esperanza Ariza Carvajal.
§ Edad: 72 años.
§ Sexo: femenino.
§ Lugar de nacimiento: Tariba, estado Táchira.
§ Fecha de nacimiento: 25 de agosto de 1939.
§ Dirección actual: Hogar San José de La Montaña. Calle 85 (Falcón) N° 9-33, Maracaibo, estado Zulia.
§ Religión: Católica, Apostólica y Romana.
HISTORIA DE VIDA
Esperanza Ariza es una abuela que a sus 72 años posee una apariencia general muy positiva, sin embargo se observan signos biológicos de su envejecimiento: tiene arrugas en el rostro, hay pérdida de textura y elasticidad en su piel, cabello fino y canoso, usa prótesis dental y lentes para leer y tejer. Es bastante delgada, ha perdido masa muscular aunque no se aprecian síntomas de atrofia muscular, ni osteoporosis, hipertensión o diabetes; fuma cigarrillos con frecuencia, tiene buena memoria y en general se vale por sí misma. Mantiene una dieta baja en grasas, come y se baña sin ayuda, no usa bastón ni andadera, se moviliza con naturalidad, tanto que sale con frecuencia del hogar a hacer compras en el centro de la ciudad para elaborar sus tejidos. Teje mucho y vende sus productos a visitantes y amigos, por aquello de que “todavía es útil y puede dar más”. Ayuda en el hogar barriendo, regando y colaborando con sus compañeras ante cualquier solicitud; lava y plancha su ropa, siempre está muy bien arreglada combinándose correctamente la ropa y el calzado; usa bisutería, cintillos y se pinta las uñas de las manos y pies. En general es coqueta, luce muy bien, baila cada vez que tiene oportunidad, es alegre y cariñosa, aunque en ocasiones, se sienta sola y no comparte.
Su actitud al principio de la entrevista fue de inquietud, duda y reserva. Al aclararle de lo que se trataba, colaboró ampliamente con receptividad, naturalidad, confianza, concentración, buena capacidad de razonamiento y asertividad en sus respuestas. En cuanto a su vida, cuenta que nació en un hogar de familia tachirense, constituida por su padre, madre y catorce hermanos (incluyéndola). El papá murió cuando ella tenía tres años, de modo que fueron criados por su madre, quien trabajando los alimentó y educó con amor, principios y valores ético religiosos. Estudió primaria en un convento de monjas, mientras que el bachillerato lo hizo en un liceo público hasta quinto año sin graduarse, abandonó sus estudios para ayudar a su mamá en la manutención de su familia. Trabajó en una tabacalera haciendo tabacos, trabajo que convirtió en su oficio y especialidad; también cuidaba niños y ancianos en sus ratos libres. A la edad de 20 años se enamoró y se casó con su compañero de vida, Hugo, con quien procrearía tres hijos: dos varones y una hembra. Cuando los hijos eran adolescentes se separó de su pareja porque le era infiel. Esta decisión le generó estrés y vulnerabilidad, hecho que afrontó alejándose hasta superarlo. Volvió a trabajar para mantener a sus hijos quienes vivían con su abuela para ese momento. Al cabo de un tiempo, fallecen los hijos varones en un accidente automovilístico. Este hecho marcó su vida, al punto de decidir, hace veintiséis años, venirse a Maracaibo con la intención de que el tiempo, la distancia y Dios le ayudaran a superar.
Cuando llega a Maracaibo trabaja en una casa como doméstica, tiempo en el que fue tratada con respeto y cariño. Tuvo que dejar este trabajo debido a problemas legales que tenía la familia que la contrató. Se quedó sin trabajo, no tenía adónde ir, dormía en la calle junto a niños “huele pega”. Comenzó a vender Kinos y a guardar el poco dinero que obtenía con el propósito de abrir una cuenta de ahorros y enviarles dinero a sus nietos, y comprar un terreno en la ciudad para construir un cuarto en el que pudiera vivir. Le robaron el dinero que ahorró; lloró, protestó y se frustró, pero no se entregó. Su sueño fue el motivo para seguir adelante. Volvió a vender Kinos, volvió a ahorrar, pero ahora guardaba el dinero bajo llave en la caja fuerte de una honesta familia que le brindó apoyo. Con el tiempo logró comprar el terreno, hacer la pieza y enviar el dinero a sus nietos. Posteriormente comenzó a trabajar en el Colegio Universitario de Maracaibo vendiendo “gallitos” y “teticas”. Durante este tiempo le hurtaron varias veces, pero cada vez que esto sucedía se decía a sí misma: “a pesar de todo lo que ha pasado soy fuerte y he avanzado, aunque me duela en el alma la ausencia de mis hijos muertos, mis nietos y mi hija, quien ni siquiera sabe dónde está su madre”.
Un profesor de ingeniería de La Universidad del Zulia, la llevó al hogar con la idea de que pudiera vivir allí una vida con calidad en su etapa de vejez. Le gustó el sitio y el ambiente, vendió su terreno y su cuartico, y ahí, desde hace muchos años reside en esta institución donde dice “sentirse bien a la espera de lo que Dios mande”. Además, siempre repite como preguntándose: “¿qué va a hacer uno viejo por la calle?”.
EVALUACIÓN DE LA HISTORIA DE VIDA
§ La actitud hacia la vejez de Esperanza Ariza refleja la aceptación de esta etapa de su vida, pese a todos los conflictos, pérdidas, retiro y soledad.
§ Aparenta no tener trastornos emocionales pero comparte poco con sus compañeros. Se le ve sola con frecuencia, aunque no es sedentaria porque siempre encuentra algo que hacer.
§ No rechaza la vejez, sin embargo refleja ser víctima de la exclusión de la sociedad. Suele decir: “no hay trabajos para viejos, ni espacio para ellos en la calle”.
§ Su envejecimiento lo acepta, y reconoce en ella cambios continuos en lo biológico, pero éstos no le han impedido desempeñarse con normalidad. Al respecto comenta: “la vejez algo bueno tiene, hay que aprovecharla; lo malo hay que enfrentarlo, es inevitable”.
§ Se deprime y llora al recordar la pérdida de sus hijos y la ausencia de sus seres queridos. Vacío, angustia, soledad; hay presencia de duelos repetidos en su fase de resolución, pero a pesar de recordar estas ausencias, aparentemente las acepta y se adapta.
§ Los adultos mayores parecen ser más sanos emocionalmente de lo que se creía en cuanto a la posibilidad de sufrir patologías severas. Cuánto más problemas y conflictos interpersonales y personales se han tenido durante la adultez, mayor es la probabilidad de sufrir trastornos emocionales en la vejez. Es lógico suponer que Esperanza Ariza, con todos los inconvenientes que enfrentó, sea una persona propensa a padecer problemas emocionales con envejecimiento patológico.
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